“Hay un verano que arde en algún vértice
de estos sitios extraños que se cruzan,
en un caos de tiempos
que se olvidaron cómo conjugar las anécdotas
con la imaginación que a sí misma se crea
y, como la memoria, reinventa lo que toca.

Hay tanto arder, no obstante
esa desesperanza empaña los ladrillos,
las paredes, los quicios, las columnas,
de la guarida de esa desmemoria
que es el presente, que es el instante perpetuo
del andar a deshoras
en sitios donde el viento
desarregla sentidos,
palabras de la boca que le nombre.

Hay un calor juliano,
nos envuelve, transita callejones y cuerpos
por el puro placer
de evaporar el agua que alimenta
todas las emociones.

Hace sudar al cálido corazón del deseo
mientras, en la distancia,
se les nublan los ojos a los puertos.

Esta guarida íntima
accede a las presiones del verano.
Las ventanas y puertas
se abren igual que poros de una piel forastera,
dispuesta a recibir a cualquier lluvia,
y capaz de inundar a las habitaciones
cuyos amantes pueblan de gemidos
la soledad añeja de sus muros,
se muerden entre sí tal si vivieran juntos
la penúltima noche del final de su mundo.

Hay un verano que arde,
un ardor que sucumbe, un despilfarro
de fuego que en el medio de la vasta humedad
se consume a sí mismo.
Es tanta la humedad
y el tiempo aquí, quemándose.”

José Landa

DSC_0717_Fotografia: Tarragona ©Ester Linares López

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“Hay un caos que impera en cualquier estación
de ese mundo agorero,
donde bajan y suben los viajantes
del inminente invierno que invade el porvenir.

Sobra decir la luz,
mejor decir la bruma, las preguntas
de futuros arcanos
que aguardan más allá del horizonte.
Es preferible entonces un poco de neblina
que ilumine este invierno cuyo vaho
humedezca el azar de la mirada,
sus placeres y miedos en caminos extraños
que se vuelven moneda cotidiana.

El estupor recorre nuestras venas
como rieles del tiempo.
Atisbar hacia adentro no nos libra
de tocar el afuera
como la piel de vírgenes lloviznas.

Entonces el lenguaje, los sentidos,
tejen un hilo que durante el día
enreda al universo, y por la noche sirve
de Lazarillo torpe que les indica búsquedas
–tal vez interminables, absurdas inclusive–,
sitios de los que nadie jamás ha comentado.

Y es que un vaho invernal se cuela en todas partes,
la cuestión es andar pese a su frío,
reducirlo quizás a una voluta de humo
que surja de cualquier cigarro Camel,
dejarla en el andén del arrepentimiento,
mientras los ojos trazan en los rieles
un horizonte curvo y nada más,
pese al vaho invernal que nos envuelva,
que seduzca, que invada los caminos
del ayer y el mañana como si todo el año
fuese un mismo diciembre
y el tren fuera un instante
que nos muestre fugaz el infinito.”

José Landa, Un vaho invernal

DSC_0692Fotografia: Vilassar de Mar, Barcelona ©Ester Linares López